Diario del viaje – Okinawa: parte 2

 

Son 5 de la mañana, escuchando The Wall de Pink Floyd mientras escribo bebiendo mi vitamina c de las famosas maquinitas de Japón. Despertar temprano, caminar mucho, entrenar mucho, conocer mucho, ver mucho, experimentar mucho. Un día de repente se convierte en una semana. Tiempo es vida y esa tenemos poco, y nos sobra menos aún después de que entramos en ese molino de vidas llamado “mercado de trabajo”.

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La primera señal de que estoy en Japón es encontrar las maquinitas de bebida que están en todas las partes. La segunda es encontrar el icónico teléfono público japonés. Y la tercera, y quizás lo que me traiga más nostalgia, es oír la clásica campana que se toca en las escuelas japonesas. El silencio (incluso en las grandes ciudades) se rompe por ese toque melancólico. Para mí ese sonido es muy importante por dos razones. Anteriormente viví en una zona rural de Japón y el silencio y la paz eran algo de otro mundo, cuando oía la campana era hora de ir a mi entrenamiento. Karategi en el espalda y caminar unos kilómetros al lado de la carretera y entre las plantaciones y los cerros hasta el Dojo. El segundo es que en mi adolescencia un gran amigo me presentó la obra de arte llamada Neon Genesis Evangelion. Este anime/obra maestra tuvo un gran impacto en mi vida, incluso en mi elección por la psicología y por la filosofía, y todo lo que yo vi allí vive cuando estoy en Japón, todo es exactamente igual.

 

Otra cosa que luego se nota es la mano de los coches. En Japón la mano es inglesa. Significa que el conductor está del lado donde para nosotros queda el carona y las manos de las calles están invertidas. A pesar de haber vivido aquí antes y sabiendo eso, es divertido a veces se sorprender al ver a un niño o un perro “dirigiendo”. Pero el peligro de ser atropellado aquí es cero, usted no necesita mirar a los dos lados de la calle para atravesar, ya que no atravesa fuera de la pista. De ninguna manera. Toda calle tiene pista en lugares fáciles y, si no, tiene pasarela. A veces tiene pista y pasarela. Aquí usted espera la señal abrir. Incluso en una calle vacía, si tiene señal y no está pasando un coche, usted espera. Y si la calle tiene pista y no tiene señal puede pasar sin mirar, pues existe la certeza de que van a parar. Y eso no es por una ley o regla estúpida (y quien me conoce sabe que odio reglas estúpidas y desafío y las expongo todas), sino porque aquí la concepción de libertad y cuidado es comunitaria y no individualista. Yo paro en la señal y atraveso en la pista para el bienestar de todos y no porque la calle pertenece a los coches y quien no tiene coche es pobre y no tiene derecho a la ciudad. El pensamiento estándar es – antes mi “libertad” de caminar con mi coche que el bienestar de todos. Sólo yo que tengo coche y dinero lo merezco -. Este tipo de pensamiento estúpido que muchos tienen ahí en Brasil y que las alcaldías refuerzan con su política pro-coches y antisocial no cabe aquí. Mi libertad no está restringida por la libertad de los demás, sino que es elevada a la décima potencia cuando cuidamos unos de los otros. De ahí viene otra cosa muy japonesa, la famosa máscara quirúrgica que los japoneses usan. Ellos utilizan las máscaras cuando enfermos o con la menor sospechosa para evitar pasar gérmenes a otros y no con miedo de coger la enfermedad de los demás, como sería la idea occidental, sino por preocupación con los demás.

 

Al caminar por las calles me encuentro con una escena inusitada y, aunque ya he visto en videos, ver en vivo es gracioso. Diversos extranjeros vestidos de personajes del juego Mario Kart andando en fila en sus mini karts por las calles junto al tránsito. Desafortunadamente no dio tiempo para registrar, pero como siempre hago en mis viajes yo registro todo en mi memoria y vivo las cosas al máximo en vez de perder las experiencias reales al intentar filmar o fotografiar lo que debe ser vivido.

Continúa…

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